Divinity: Original Sin: luces y sombras del RPG de Larian.
Un viaje al pasado de Divinity: Original Sin que deja combates interesantes y unas bases que aún perduran, aunque algunos sistemas hoy se sienten desfasados.
Tras el relativamente reciente anuncio de un nuevo Divinity por parte de Larian Studios en la pasada edición de los Game Awards, y aprovechando una oferta en Steam, decidí hacerme con un pack que incluía ambos Divinity: Original Sin junto con sus versiones mejoradas.
Tras disfrutar hace unos meses por primera vez de Baldur’s Gate 3, llegaba el momento de viajar al pasado y adentrarse en los títulos anteriores del estudio belga, empezando por el primero.

Jugablemente, me he encontrado con un título que me ha dado exactamente lo que esperaba. Combates por turnos en los que los elementos y el escenario juegan su papel a la hora de planificar cada movimiento, largos diálogos que en ocasiones terminan dando al jugador a elegir entre algunas respuestas, aunque en esta ocasión el lugar de la tirada de dados habitual lo ocupa un minijuego de piedra, papel, tijera de lo más frustrante hasta que le pillas el truco.
Combate
Profundizando más en los enfrentamientos, he encontrado de todo, desde combates que son un puro trámite hasta combates en los que el pico de dificultad se eleva demasiado. Sobre todo en los combates contra jefes, especialmente en el enfrentamiento contra Mangoth, he sentido que el juego estaba mal equilibrado o que yo me había saltado algo en mi partida. Pese a ello, en cuanto a las mecánicas, es relativamente similar a Baldur’s Gate 3: turnos en los que gastas tus puntos de acción moviéndote por el escenario, atacando o usando habilidades. Los elementos y el escenario juegan un papel importante y puedes usarlos a tu favor, pero también pueden volverse en tu contra en algunas situaciones si no tienes en cuenta todos los detalles.

Quitando algunos momentos concretos como el anteriormente nombrado enfrentamiento contra Morgoth o unos caballeros de la muerte casi al final del juego, no ha sido excesivamente difícil avanzar derrotando a los enemigos y también conviene destacar algunos combates que me han parecido muy buenos, como el de Leandra o el Dragón del Vacío.
Inventario
El inventario es siempre en este tipo de juegos algo complicado de gestionar. Siempre terminas con cientos de objetos que no sabes si merece la pena guardar, vender o usarlos, y mi partida no ha sido una excepción. Además, aquí encontramos piezas de equipo que están “sin identificar”, por lo que requiere un cristal identificador y cierto nivel de sabio (o dar con un mercader con esta cualidad) para poder ver sus atributos y pasivas. Esto hace que acumules (al menos yo) muchas armaduras, arcos, espadas y demás por si acaso pueden ser de alguna utilidad, terminando todo en el inventario del personaje más fuerte, que terminaba siendo un almacén.

Historia y misiones
La historia de Divinity: Original Sin se va enredando a cada paso que damos; lo que empieza como la investigación de un asesinato en el pueblo de Cyseal termina adentrándonos en una especie de secta con unas terribles intenciones. La aventura nos lleva por cuatro grandes zonas: Cyseal, Silverglen, Hiberheim y El Bosque Fantasma. Las tres zonas son relativamente amplias y en todas (excepto quizás Hiberheim) puedes encontrar poblados, lugares de interés y personajes que te otorgan misiones secundarias. Tras una partida de 77 horas, la historia no ha terminado de engancharme pese a tener momentos más llamativos. Casi todo se desarrolla en largos diálogos que desembocan en que demos alguna respuesta y, en ocasiones, el juego nos pone una escena animada para contarnos algo realmente importante.
En cuanto a las misiones secundarias, hay de todo, algunas más interesantes que otras; incluso algunas aportan información valiosa para avanzar en la trama de esa zona. En mi partida he terminado con el diario repleto de misiones sin completar y se entremezclan con las principales, por lo que es fácil saltarse cosas importantes sin darse cuenta.

Conclusión
Creo que Divinity: Original Sin es un juego esclavo de su tiempo; seguramente, si lo hubiera jugado en su momento, lo habría disfrutado mucho más, pero a día de hoy se me ha hecho realmente tedioso. Especialmente algunos puzzles que me han parecido rebuscados y poco intuitivos. Algunos picos de dificultad me han sorprendido y he llegado a pensar en dejar el juego varias veces. La gestión de los objetos tampoco me ha convencido. Tener el inventario repleto de objetos y piezas de equipo sin identificar me parece algo innecesario. Me alegra haber terminado completando el juego porque quiero tener toda la información antes de pasar a su secuela, pero me cuesta recomendarlo. Tiene sus momentos que me han dado impulso para seguir el viaje; algunos combates son realmente desafiantes, pero sin sentirse injustos con el jugador, y es satisfactorio descubrir elementos importantes de la trama simplemente por intuición gracias a la libertad que el juego propone.
Tras disfrutar hace unos meses por primera vez de Baldur’s Gate 3, llegaba el momento de viajar al pasado y adentrarse en los títulos anteriores del estudio belga, empezando por el primero.

Jugablemente, me he encontrado con un título que me ha dado exactamente lo que esperaba. Combates por turnos en los que los elementos y el escenario juegan su papel a la hora de planificar cada movimiento, largos diálogos que en ocasiones terminan dando al jugador a elegir entre algunas respuestas, aunque en esta ocasión el lugar de la tirada de dados habitual lo ocupa un minijuego de piedra, papel, tijera de lo más frustrante hasta que le pillas el truco.
Combate
Profundizando más en los enfrentamientos, he encontrado de todo, desde combates que son un puro trámite hasta combates en los que el pico de dificultad se eleva demasiado. Sobre todo en los combates contra jefes, especialmente en el enfrentamiento contra Mangoth, he sentido que el juego estaba mal equilibrado o que yo me había saltado algo en mi partida. Pese a ello, en cuanto a las mecánicas, es relativamente similar a Baldur’s Gate 3: turnos en los que gastas tus puntos de acción moviéndote por el escenario, atacando o usando habilidades. Los elementos y el escenario juegan un papel importante y puedes usarlos a tu favor, pero también pueden volverse en tu contra en algunas situaciones si no tienes en cuenta todos los detalles.

Quitando algunos momentos concretos como el anteriormente nombrado enfrentamiento contra Morgoth o unos caballeros de la muerte casi al final del juego, no ha sido excesivamente difícil avanzar derrotando a los enemigos y también conviene destacar algunos combates que me han parecido muy buenos, como el de Leandra o el Dragón del Vacío.
Inventario
El inventario es siempre en este tipo de juegos algo complicado de gestionar. Siempre terminas con cientos de objetos que no sabes si merece la pena guardar, vender o usarlos, y mi partida no ha sido una excepción. Además, aquí encontramos piezas de equipo que están “sin identificar”, por lo que requiere un cristal identificador y cierto nivel de sabio (o dar con un mercader con esta cualidad) para poder ver sus atributos y pasivas. Esto hace que acumules (al menos yo) muchas armaduras, arcos, espadas y demás por si acaso pueden ser de alguna utilidad, terminando todo en el inventario del personaje más fuerte, que terminaba siendo un almacén.

Historia y misiones
La historia de Divinity: Original Sin se va enredando a cada paso que damos; lo que empieza como la investigación de un asesinato en el pueblo de Cyseal termina adentrándonos en una especie de secta con unas terribles intenciones. La aventura nos lleva por cuatro grandes zonas: Cyseal, Silverglen, Hiberheim y El Bosque Fantasma. Las tres zonas son relativamente amplias y en todas (excepto quizás Hiberheim) puedes encontrar poblados, lugares de interés y personajes que te otorgan misiones secundarias. Tras una partida de 77 horas, la historia no ha terminado de engancharme pese a tener momentos más llamativos. Casi todo se desarrolla en largos diálogos que desembocan en que demos alguna respuesta y, en ocasiones, el juego nos pone una escena animada para contarnos algo realmente importante.
En cuanto a las misiones secundarias, hay de todo, algunas más interesantes que otras; incluso algunas aportan información valiosa para avanzar en la trama de esa zona. En mi partida he terminado con el diario repleto de misiones sin completar y se entremezclan con las principales, por lo que es fácil saltarse cosas importantes sin darse cuenta.

Conclusión
Creo que Divinity: Original Sin es un juego esclavo de su tiempo; seguramente, si lo hubiera jugado en su momento, lo habría disfrutado mucho más, pero a día de hoy se me ha hecho realmente tedioso. Especialmente algunos puzzles que me han parecido rebuscados y poco intuitivos. Algunos picos de dificultad me han sorprendido y he llegado a pensar en dejar el juego varias veces. La gestión de los objetos tampoco me ha convencido. Tener el inventario repleto de objetos y piezas de equipo sin identificar me parece algo innecesario. Me alegra haber terminado completando el juego porque quiero tener toda la información antes de pasar a su secuela, pero me cuesta recomendarlo. Tiene sus momentos que me han dado impulso para seguir el viaje; algunos combates son realmente desafiantes, pero sin sentirse injustos con el jugador, y es satisfactorio descubrir elementos importantes de la trama simplemente por intuición gracias a la libertad que el juego propone.